Desde el inicio, este movimiento marca un punto de inflexión. Durante años, la saga ha mantenido soporte para consolas de pasada generación, en parte por su enorme base de usuarios, pero también a costa de limitar ciertas ambiciones técnicas. Ahora, con este cambio, todo apunta a que la franquicia podrá explotar de mejor manera el potencial de hardware como PlayStation 5 y Xbox Series X.

La decisión no llega en un vacío. A mitad de la generación actual, una de las principales críticas de la comunidad ha sido que los grandes títulos siguen viéndose condicionados por hardware de hace más de una década. Este “lastre generacional” ha impactado en aspectos como rendimiento, escala de mapas e incluso diseño de gameplay, algo que se evidenció con reportes de problemas técnicos en entregas recientes.

En ese sentido, el precedente más cercano lo encontramos en Call of Duty: Black Ops 7, donde usuarios de PS4 y Xbox One señalaron fallas de rendimiento y optimización. Estas limitaciones reforzaron la idea de que la franquicia ya estaba diseñada pensando principalmente en la nueva generación, dejando a las consolas anteriores apenas sosteniendo la experiencia.

Más allá de la nostalgia o la base instalada, la realidad es que PS4 y Xbox One cumplieron un ciclo clave en la evolución de la saga, pero su permanencia también implicaba compromisos técnicos importantes. Con este cambio, el próximo Call of Duty tiene la oportunidad de redefinir su escala, ya sea en términos gráficos, de inteligencia artificial o de complejidad en sus sistemas.

De momento, aún no hay una fecha oficial para la revelación del nuevo título, aunque todo apunta a que ocurrirá a mitad de año. Lo que sí es claro es que esta decisión marca el inicio de una nueva etapa para la franquicia, una donde el enfoque estará completamente en el presente…y en lo que viene.

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