Alta Fidelidad (Stephen Frears, 2000) es una de mis películas favoritas de siempre. Y Nick Hornby, el autor del libro que le da nombre, no llegó nunca a estar entre mis preferidos, pero sin duda estaba bien alto en mi lista de gente a la que leer. Es curioso ver cómo avanza el mundo, porque estoy convencido de que decir algo así en los dosmiles quizá no te sumaba mucho, pero hacerlo ahora es probablemente una red flag del tamaño de una catedral. Cuando la película salió yo tenía quince años y el mundo era radicalmente distinto al que hoy habitamos, así que no es de extrañar que se convirtiera en algo tan especial para mí aquella madrugada en la que comía techo y la pillé de sopetón en Antena 3. Hace más de una década (quizá quince años) que no he vuelto a verla y prefiero no hacerlo porque sospecho que además de una celebración de la música me voy a encontrar con unas cuantas cosas que no me gustan nada.

Wax Heads (Patattie Games, 2026) llega al mundo un cuarto de siglo después y resulta imposible no acercarse a la obra sin pensar en la película. En ambas el escenario (y prácticamente la esencia de la trama) es una tienda de discos. Hay que desplazarse temporalmente hacia un mundo sin Internet para sólo atisbar el significado tan profundo que podía tener algo así entonces. Había algo de rito iniciático no ya sólo en ir a comprar tu primer álbum, sino en comenzar a tratar con la persona que allí estuviera para despachártelo. Si tenías suerte, ahí estaba tu nuevo algoritmo: alguien que acabaría por conocerte y no sólo recomendarte cosas, sino incluso frenarte cuando ibas a llevarte un disco que le parecía una atrocidad. Si no tenías suerte probablemente se acabarían riendo de ti o haciéndote gatekeeping porque no eras uno de los habituales de la tienda. Y, además, era un espacio fundamentalmente masculino.

Repeater Records, la tienda en la que trabajamos en Wax Heads, esquiva esa bala como lo hacen las pocas que quedan abiertas en la realidad. Es un santuario musical al que cualquiera puede acudir, en el que un elenco de gente diversa trabaja y más o menos sobrevive a los embates del mundo furioso que hay afuera. Donde no sólo nadie es juzgado sino que todo el mundo es bienvenido. Hay carteles de conciertos por todos lados, fanzines de la peña del barrio y, en general, una idea de comunidad que trasciende el entrar y comprar un vinilo. En general soy muy crítico con la idea de que una tienda pequeña sea menos nociva que una gran corporación (cosas de habitar la España de la pymerada) pero creo que aquí el enfoque, aunque cargado de romanticismo, pone mucho énfasis en cómo se puede vertebrar una comunidad diversa y hacerle bien a quienes tienes a tu alrededor. Supongo que es una contradicción ideológica por mi parte, pero es que me gustan mucho las tiendas de discos.

Gran parte de la magia está en encarnar a un nuevo empleado en un mundo que se nos viene dado, con un tremendo bagaje tanto en la propietaria de la tienda como en la sociedad. La dueña es una vieja gloria de los ochenta, más vieja que gloria, y hay un esfuerzo en generar todo un ecosistema de bandas que sólo un melómano enfermo podría hacer. El mundo de Wax Heads no sólo es interesante sino creíble. Y nosotros entramos ahí recomendando música a todo el que viene a por un vinilo. Porque casi nadie sabe muy bien lo que quiere, te habla de oídas, recuerda mal… A veces el juego fuerza demasiado las situaciones, pero en general lo hace con humor y con una serie de pistas que hacen bastante sencillo entender qué nos están pidiendo. Llega un cliente, nos dice lo que le gustaría encontrar, buceamos por la tienda y le empaquetamos un vinilo. Para acertar hay que mirar portada y contraportada, a veces sacar el propio disco de la funda, la lista de canciones, la descripción que tenemos de cada banda, posts en redes sociales… Es una sensación preciosa llevar ya varios días y conocer a las bandas de este mundo y sus historias, que alguien entre y que sólo con un par de cosas que te diga ya saber lo que darle. Creo que representa a la perfección una de las experiencias humanas que a mí me parecen más puras: abrazar la música, conocerla, hacérsela llegar a otros. Ayuda mucho el esfuerzo invertido por el estudio en que podamos escuchar a muchas de estas bandas ficticias: ha compuesto Gina Loughlin (e invitados) una maravillosa banda sonora que abarca desde a una rapera-personajazo que canta en valenciano hasta un grupo de post-punk que supuestamente lo petó en los ochenta.

Decía que quizá para mí sea una gran contradicción amar a un pequeño comercio o celebrar un videojuego de estética cozy (con todo lo que se ha escrito y dicho sobre ellos) pero supongo que lo que aquí funciona es el punk que le añade el estudio a la etiqueta: cozy-punk. Al igual que el viejo adagio que dice que el punk es una buena persona que finge ser mala (el hippie es lo contrario), Wax Heads va sobre todo de cuidar al que tenemos al lado. No sólo recomendándole música, sino apoyándole en sus movidas, llevándole comida cuando está deprimido o yendo a verle a un concierto cuando tiene miedo escénico. En esto tiene una postura más clara y menos timorata que otras obras que se dicen anticapitalistas: el sistema es una mierda y aunque ahora mismo no podamos derribarlo, qué menos que mirar al que tenemos al lado y ver qué podemos hacer por él.

Wax Heads funciona muy bien porque es esas dos cosas a la vez. En un mundo en el que el algoritmo nos roba la posibilidad de escuchar más que las mismas cuatro mierdas (y hago énfasis en mierdas), es una declaración de amor profunda y sin concesiones. No sólo al fetiche del vinilo, que le llevaría a dar un mensaje de puro y duro consumismo. A quien Wax Heads le declara su amor es a tu vecino.

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